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La resiliencia humana: ¿por qué fallar es el mejor maestro?

En una sociedad obsesionada con el éxito inmediato y la eliminación de cualquier atisbo de frustración, el psiquiatra italiano Paolo Crepet lanza una advertencia contundente: estamos criando una generación aterrorizada por el fracaso, y eso, a la larga, nos perjudica a todos.

El mito de la protección infantil excesiva

Crepet, con la franqueza que caracteriza su trabajo, señala una tendencia alarmante: la sobreprotección de la juventud frente a cualquier dificultad. Este fenómeno, especialmente palpable en el ámbito educativo, se manifiesta en la búsqueda de eliminar el error del proceso de aprendizaje. Pero, ¿no es acaso en el tropiezo donde reside la verdadera oportunidad de crecer? La ironía es palpable: al intentar proteger a nuestros jóvenes del dolor del fracaso, les estamos privando de la herramienta más poderosa para forjar su carácter y desarrollar su capacidad de adaptación.

La paradoja es que, mientras los empresarios admiten que la inteligencia artificial no está cumpliendo las expectativas de mejora en empleo y productividad – una realidad que recuerda a las promesas incumplidas de la automatización en los años 80 – nos aferramos a la idea de que el éxito es un camino lineal y exento de obstáculos. Pero la vida, como bien sabe cualquier emprendedor, rara vez se comporta de esa manera.

Caer siete veces, levantarse ocho: una lección japonesa

Caer siete veces, levantarse ocho: una lección japonesa

Crepet recurre a una metáfora ancestral japonesa, la del individuo que cae siete veces y se levanta ocho, para ilustrar la importancia de la persistencia. No se trata de glorificar el fracaso, sino de comprenderlo como una fase inherente al proceso de aprendizaje. Cada error, cada proyecto fallido, es una oportunidad para ajustar la estrategia, adquirir experiencia y volver a intentarlo con mayor conocimiento de causa. La verdadera fortaleza reside en la capacidad de reponerse, no en evitar la caída.

Los sistemas educativos deberían, por tanto, replantearse su enfoque. No basta con transmitir conocimientos; es fundamental preparar a los estudiantes para afrontar la frustración, gestionar los errores y aprender a empezar de nuevo. Una educación que fomente la seguridad en la toma de decisiones y la asunción de responsabilidades, incluso cuando el resultado no es el esperado.

La creciente tendencia de los jóvenes a buscar refugio en la terapia, sustituyendo el tradicional “diván” del psicólogo por la supuesta omnipotencia de la inteligencia artificial, es, a mi juicio, un síntoma más de esta crisis de resiliencia. Estamos delegando en algoritmos la capacidad de resolver problemas que, en última instancia, solo podemos superar nosotros mismos, con nuestras propias cicatrices y experiencias.

El fracaso no es un enemigo a evitar; es un aliado valioso en la construcción de una personalidad fuerte y adaptable. La próxima vez que te encuentres ante un revés, recuerda la metáfora japonesa: levántate, aprende de tus errores y sigue adelante. La vida te espera, con sus desafíos y sus oportunidades.