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La otan dispara el gasto en defensa: ¿un cambio de siglo o una mera reacción?

La Alianza Atlántica ha decidido invertir hasta el 5% del PIB de sus miembros en 2035, un salto vertiginoso que refleja una nueva realidad geopolítica. Un aumento del 20% en 2025, con una inversión de 574.000 millones de dólares, es solo el comienzo de una transformación que preocupa a muchos.

La brecha interna: ¿a dónde va realmente el dinero?

Mientras los aliados hablan de modernización y capacidades militares, un informe revela una verdad incómoda: la remuneración de los militares está fragmentada y, en muchos casos, significativamente inferior a la de sus homólogos en otros sectores. La escala salarial de la OTAN, lejos de ser homogénea, oscila entre los 3.345 euros mensuales y los 29.000 euros, mostrando una disparidad alarmante entre los países miembros.

En España, por ejemplo, un oficial de alto rango percibe 13.007,15 euros al mes, una cifra considerablemente más baja que en Alemania (18.070,54 dólares) o Estados Unidos (16.600 euros). Esta diferencia no es solo estética; pone en riesgo la retención de talento en un campo cada vez más competitivo.

La jornada laboral de 35 horas se acerca al Ejército, impulsando peticiones de equiparación con los funcionarios civiles. Pero la realidad es que el incremento del gasto en defensa no se traduce, de manera proporcional, en mejores salarios para los efectivos. El porcentaje destinado a personal ha descendido drásticamente, del 72% en 2016 al 28% en 2025, mientras que las inversiones se concentran en armamento y tecnología.

Modernización y la amenaza híbrida

Modernización y la amenaza híbrida

La OTAN prioriza la adquisición de nuevos sistemas, desde misiles avanzados hasta inteligencia artificial y drones. Sin embargo, esta apuesta por la modernización se ve amenazada por la inflación y la presión sobre los presupuestos de los países más vulnerables. El caso de España es emblemático: el compromiso de alcanzar el 2% del PIB en gasto militar para 2029 ha relegado la inversión en personal a un segundo plano.

Pero no todo es números. Lo que realmente preocupa a los analistas es la incapacidad de la Alianza para mantener una fuerza cohesionada. La fragmentación salarial y la falta de incentivos económicos pueden erosionar la moral de los soldados y socavar la eficacia de las operaciones militares. La inversión en armamento, por tanto, no garantiza el éxito si no se acompaña de una inversión en su capital humano.

La guerra en Ucrania ha demostrado que la defensa no es solo una cuestión de tecnología, sino también de voluntad y compromiso. Una OTAN que no pueda ofrecer condiciones laborales dignas a sus miembros corre el riesgo de perder su atractivo y su capacidad para afrontar los desafíos del siglo XXI. La Alianza, en definitiva, debe encontrar un equilibrio entre el poder y la persona, entre la armadura y el sueldo.