Despidos por ia: ong exige renta básica para los afectados
La ola de despidos impulsada por la inteligencia artificial ha alcanzado un nuevo punto crítico, con trabajadores de sectores tan diversos como programación, contabilidad y traducción viéndose desplazados por algoritmos cada vez más sofisticados. La respuesta, hasta ahora, ha sido tibia, pero dos ONGs, AI Commons Project y What We Will, han decidido tomar la iniciativa con una propuesta audaz: un Dividendo por IA.

La paradoja del talento tecnológico
La ironía es palpable. Profesionales que dedicaron años a perfeccionar sus habilidades, considerados pilares en sus respectivos campos, se encuentran repentinamente obsoletos. La promesa de la IA, eficiencia y progreso, parece haberse materializado a costa de la estabilidad laboral. El problema no es solo la pérdida del empleo, sino la desaparición de la demanda en esos mismos campos. ¿Qué futuro aguarda a un programador cuando la IA puede generar código más rápido y, según algunos, mejor?
Ante esta situación, las ONGs proponen un subsidio mensual de 1.000 dólares durante un año para aquellos trabajadores despedidos directamente por la IA. Una cifra modesta, sí, pero suficiente para paliar las urgencias económicas y, crucialmente, para incentivar la búsqueda de nuevas oportunidades laborales. La iniciativa, con un presupuesto inicial de 300.000 dólares, ya ha beneficiado a 50 personas, pero la meta es ambiciosa: recaudar 3 millones de dólares antes de fin de año.
¿Quién pagará la cuenta? La pregunta del millón es, por supuesto, quién financiará esta renta básica. Las ONGs apuestan por las propias compañías de IA, presionando para que destinen una parte de sus beneficios a compensar el impacto social de sus productos. Una idea que, previsiblemente, encontrará resistencia. Las promesas de Bill Gates, Elon Musk y Sam Altman de una renta básica universal impulsada por la IA se han quedado, hasta ahora, en meras declaraciones.
Kaitlin Cort, ingeniera de software y una de las organizadoras del proyecto, señala un efecto colateral preocupante en la formación de nuevos profesionales: “Los pocos puestos de trabajo que consiguen los estudiantes de informática suelen ser degradantes, reduciéndolos a la revisión y validación de código generado por IA, en lugar de permitirles aplicar sus conocimientos de ingeniería”. La IA, paradójicamente, está desvalorizando el propio conocimiento que pretende automatizar.
Un estudio financiado por Sam Altman reveló que los participantes que recibían 1.000 dólares al mes tendían a gastar ese dinero en alimentos de mejor calidad, una mejora en su calidad de vida, pero con escasa inversión en actividades de desarrollo personal o salud. La renta básica, aunque útil, no es una solución mágica.
La iniciativa de AI Commons Project y What We Will es, en definitiva, un experimento social valiente, una prueba de que la responsabilidad por el impacto de la IA no puede recaer únicamente en los trabajadores desplazados, sino también en quienes se benefician de ella. La pregunta ya no es si una renta básica universal es viable, sino si podemos permitirnos el lujo de ignorar las consecuencias de la automatización descontrolada.
